martes, 28 de agosto de 2012


Tiempo
No tengo tiempo para esperar

El tiempo... ¿Cómo definir o medirlo? La respuesta no es obvia. Requiere un análisis más profundo, cosa que hoy, poca gente se dispone a hacer... por falta de tiempo. Hablamos de ganarlo, programarlo o invertirlo, pero lo cierto es que ni siquiera puede atesorarse. El tiempo  avanza de manera inexorable y no hay nada que podamos hacer para modificar su curso, imposible lograr que se desarrolle más lento o más rápido, o pretender guardar un poco para el futuro. En definitiva nadie lo controla pero todos si la usamos, para bien o para mal
Del latín tempus, la palabra tiempo se utiliza para nombrar a una magnitud de carácter físico que se emplea para realizar la medición de lo que dura algo que es susceptible de cambio.  dicho cambio es advertido por un observador, ese periodo puede cuantificarse y medirse como tiempo.

Gracias al tiempo, podemos organizar los hechos de manera secuencial. Este orden deja establecido un pasado (aquello que ya sucedió), un presente (lo que está pasando en el momento) y un futuro (aquello que va a pasar próximamente). Con esto pensamos y  actuamos en función de.

Haciendo un paréntesis, es de admirarse como los medios de comunicación prestan demasiada importancia a un personaje de televisión. Que por más famoso o popular que sea, es solo eso, un personaje. En este lado desespero escuchar excusas desgastadas cuando invito a un amigo o amiga a un taller o seminario de provecho, o el simple hecho de invitarlos para probar o simpatizar  una amistad con un café o una cena, para hablar de temas que pueden ser de interés como: la educación, el desempleo, la globalización o el flaco tema político., pero prefieren estar en las redes sociales, la televisión, que me hacen pensar que son una basura( sino sabes darle el uso correcto) o por lo menos un mal necesario que enriquecen a pocos y embrutecen a muchos., que atrapan con portadas “interesantes”, si no fuera por la escusa de ser fuentes de empleo.

Volviendo al tema, prácticamente todo el mundo pierde el tiempo. Es algo intrínseco de la naturaleza humana y, aunque muchos lo desconozcan, el perder el tiempo realizando tareas poco relevantes mientras que aquellas que deben realizarse son pospuestas tiene un nombre: Procrastinación.
No dejes para mañana lo que puedas hacer pasado mañana -  Mark Twain

Varios psicólogos han estudiado este comportamiento durante décadas y cada vez se va arrojando más luz sobre el asunto. Los procrastinadores suponen el 95% de la población, pero no todos los procrastinadores tienen un comportamiento similar. Lo que nos lleva a perder el tiempo varía de unas personas a otras, pero según Piers Steel es una mera combinación de tres factores que en mayor o menor medida están presentes en todos los individuos.
Se ha estudiado repetidamente el porqué de las pérdidas de tiempo, especialmente en el entorno personal y ya en alguna ocasión lo mencione., simple y sencillamente por no tener un propósito de vida, si no tienes claras tus actividades, difícilmente puedes optimizar  tu tiempo., Buscar los objetivos de nuestra vida, encontrar las razones por las que se está trabajando, estudiando o realizando actividades de forma clara y efectiva, es el primer paso para establecerse unas metas hacia las que dirigir todos los pasos de nuestra actividad. De esta manera no se perderá el tiempo. No más de lo debido, ya que al orientarse hacia unas metas, unos objetivos, el tiempo estará mejor aprovechado y desaparece la monotonía.

Sabrán ustedes de mi afición de avivar la llama de la polémica para suscitar el intercambio sano de ideas a fin de consolidar lo que ya sabemos, o quizá modificarlo un poco, pulirlo, replantearlo. Y, quién sabe, tal vez haya algún cambio de opinión. En cualquier caso, ahí va la pregunta: ¿porque perdemos el tiempo? Obviamente, primero hay que definir lo que significa “perder el tiempo”, supongo que tal concepto es imposible de definir. Cada uno disfruta de lo que quiere, hace lo que quiere, aunque esto implique perder el tiempo o simplemente hace todo que no resulta en nada. Para seguir en la polémica, el tiempo lo perdemos también cuando vamos vacilando nuestra existencia, pensando en el problema y no en la solución, esperando que la gente cambie con el tiempo y este solo los desenmascara, aquí se aplica a  los amores que no son correspondidos. Comemos, bebemos y dormimos, pues también estudiamos compulsivamente, trabajamos mecánicamente y nos divertimos ansiosamente. Como es de esperarse de un comportamiento humano. Pero, ¿será que la vida se agota en eso? En dispender algunas décadas en esas actividades gregarias, y nada más? ¿Y el espíritu humano? ¿Qué hace en ese espacio de tiempo, integralmente tomado por las necesidades corpóreas, tan prioritarias?

En la infancia, teníamos la nítida impresión de que, el tiempo, realmente, pasaba más despacio. Transcurría una eternidad hasta que el período de vacaciones llegara; la Navidad, era un evento que se repetía muy raramente; nuestro cumpleaños, entonces, más parecía un golpe de suerte cuando al fin surgía.  A medida que crecemos la historia se invierte. Parece que el tiempo se acelera. Apenas repetimos nuestras inmutables resoluciones definitivas de año nuevo y las semanas y los meses ya comienzan su desenfrenada carrera. Recordando los cansados consejos de mi amigo que   insistía diciendo “debes aprender que después de los treinta años, el tiempo vuela y desearas devolver para aprovecharlo mejor”. Y me reclamo por mi tiempo que deje de estudiar, de ahorrar, de aprovecharlo mejor.  Eso me enseña que despues de la adolescencia., el tiempo corre más rápido, porque es en esa época que el espíritu empieza a actuar. Me conforta saber aquí que la juventud es una enfermedad que se cura con los años. Cuando el cuerpo alcanza un determinado estado de madurez, el espíritu dentro de él, pasa a hacerse valer plenamente, y entonces las vivencias se intensifican. Se explica por la vivencia, que el ser humano “cambia” a partir de cierta edad, y no el tiempo. El tiempo no cambia. El movimiento de las agujas del reloj apenas registra, numéricamente, nuestro pasaje en el tiempo. El tiempo no pasa, nosotros somos los que pasamos dentro de él.

Vamos a ser prácticos, en un lenguaje claro. El registro del pasaje de una persona por la Tierra, puede ser medido en un bien número de años. Eso no significa que su tiempo haya sido determinante, sino su vivencia, que es el resultado de su existencia aprovechada o no. Cuanta más movilidad presente un espíritu humano, cuanto más vigilante y actuante sea, más vivenciará, en un mismo espacio de registro de tiempo. Esto se explica que para una persona el tiempo parece "estirarse", de forma a permitir que haga todo lo que se ha propuesto, sin embargo, se da lo contrario para esa misma persona el tiempo parece “volar”, de modo que, mal consigue utilizarlo como le gustaría, en la consecución de sus objetivos. No obstante, no fue el tiempo quien voló con tamaña rapidez, y sí la propia persona quien actuó diligentemente dentro de él. Fue ella quien "voló" dentro del tiempo, y por eso, solamente por eso, pareció haber pasado tan rápido.
 
 
El simple inicio natural y automático de la actuación espiritual es ya, suficiente, para alterar la percepción del tiempo, aún en escala reducida. No obstante, en la casi totalidad de las personas, el espíritu no actúa como debería. Al contrario de mantenerse en el comando de la situación, como sería de esperarse y como es su función, el espíritu se curva ante las imposiciones del intelecto, excesivamente estimulado y unilateralmente desarrollado ya al inicio de los años de la vida.  Por eso es que, toda esa carrera de la vida moderna no se constituye en vivencia para el espíritu. Toda esa aparente riqueza de experiencias cotidianas es, apenas, fruto de la actividad cerebral, que naturalmente sólo puede encontrar valor en cosas materiales, visibles y palpables, enteramente acordes al concepto terreno de espacio y tiempo. Lo que se encuentra más allá del espacio-tiempo, el cerebro humano, por su propia constitución, no es capaz de comprenderlas, mientras que el espíritu, único capacitado para eso, se halla demasiado débil y somnoliento para asumir la tarea.
Si el espíritu del ser humano actuara como debiera, sus vivencias serían inconmensurablemente más ricas. Se transformarían inmediatamente, en reconocimientos duraderos, indelebles, y en evolución. Y la misma ciencia, tampoco perdería tiempo tratando de regalarnos más años, pues podríamos fácilmente vivenciar siglos, durante nuestro corto pasaje por la Tierra. Resumiendo eso. No busquemos la fuente de la juventud, sino busquemos aprovechar e invertir el tiempo en la intensidad de nuestra vida.

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